miércoles, 17 de noviembre de 2010

La mosca



Por Emanuel Donati

La carne entre los huesos.

La sabana mojada y el camisón echo un bollo.

La sopa olía fuerte, ya agria, vieja.

El dolor era punzante y la imagen espeluznante.

La leche derramada sobre el papel. Ese primer libro de Dios, manchado y roto.

La luz era escasa. Sin embargo las totales miradas se sentían desde las cuatro paredes.

Los pelos lacios, sobre el rostro, más pálido que de costumbre.

Cadavérico, agotado… inerme.

Las catacumbas resonaban en su débil voz. Que por momentos se tornaba afanosa y amenazante.

Los ojos brillaban en las penumbras de su cuerpo.

Los ojos nunca fueron suyos.

Ese brillo estaba en esa otra parte del mundo, en su estirpe.

Esos ojos eran enormes y molestos, como la mosca.

Ese zumbar loco insistía… En lo más profano de ella, era un animal.


lunes, 1 de noviembre de 2010

El loco y su porqueria


Por Emanuel Donati

Por un instante pensó que yo pensaba.

Se equivocó; nada menos parecido al pensamiento que la voz de la culpa.

Me mortificaba rogarle por mi progreso.

Me daba asco que me miren con las cejas decaídas y punzantes, tan chorreados de lastima.

Cada uno tiene un caudal de porquería que se le fluye entre la lengua. Incluso a veces es peor querer tragarla… siempre se escapa por algún lado.

El problema fue que la bronca hace metástasis y explota en dichos y en los hechos, sino nadie me juzgaría. Pero existen toda una serie de perfeccionistas dedicados a saber de todos nosotros. Son personas de galera y bastón, plata en el bolsillo y mierda en el pantalón. Incluso, algo secos de corazón.

El analista me hacía divagar. Era agotador hablar sin ojos. Me decía que no hay amor sin neurosis, ni neurosis sin amor. Pero yo rozaba la locura y esta me pegaba en las mejillas, pomposas como las de mi madre.

Hablar siempre me hizo bien, pero no con cualquiera. Sólo con aquellos que no me dicen lo que quiero escuchar.

Contando que siempre estoy del bando de los pocos y eso me hace mal, no creo que sea la cura cambiarme de bandera. Es la política de unos cuantos.

El remedio lo hallé casi por casualidad. Es más, creo que él me halló a mí.

Transformar el delirio en letra fue la poción mágica.

Transformar lo que no pienso en prosa.

Transformar la locura en una bella esposa.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El Hocico en Berlin

Por Emanuel Donati

Bajar de un tren y entumecer la vista por la inmensidad.

Caminar a la deriva, sin mapa, ni lugar donde parar.

Preguntar con temores, sin saber del juicio final.

Chocarse en la puerta de Brandesburgo con la historia de un cuidad.

Encontrarse en la terraza de un senado.

O perderse entre los muros de una ex cuidad.

Admirarse de los ojos que se miran, en el pasado de mil muertes.

Y relajarse con el blus de Inga y Alex.

Disfrutar de una tormenta cerca de la escalera, con charlas muy amenas.

Pensar a posteriori, de lo importante que es haber conocido a grandes personas. Con las que se comparten los rincones de esas calles y los verdes de sus parques.

Gustar de beber y comer, de aprender de ser del otro mundo, que tan lejos vive pero que de cerca nos sigue.

La cuidad se conoce en el rincón, donde sólo el hocico nos aproxima a la verdadera sensación.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Sin retorno - Trailer oficial

Trailer - O Casamento de Romeu e Julieta

De a rastros...

Por Emanuel Donati


En la noche eterna

En la aventura más extrema

En la piedra que me hiere

Y en la bronca que me detiene.

En los segundos que no pienso

En los momentos que me tenso

En la caricia que me nubla

Y en el beso que más siento.


Es allí donde me encuentro… de a rastros.


En ese parpadeo que me delata

En el temblar que me declara

En los gritos que me explotan

Y en los silencios que me absortan.

En tu mente por momentos

En los espejos que me veo

En las lágrimas que me brotan

Y en el deseo que se asoma


Es allí donde me encuentro… de a rastros

lunes, 27 de septiembre de 2010

153

Hace cientos días una noche poco especial me golpeó la vida.

El viento sopló del oeste y su cintura aprovechó para escabullirse.

El vino hizo ecos en la tormenta… las ramas quebraron en abrazos.


El camino sólo se fue gestando, con golpes y licores, caricias y dolores.

La historia es sólo nuestra porque la pintamos, de tardes con colores y noches de temores…Novelas de colchones y abrazos enternecedores. Momentos ensordecedores


Hace ciento cincuenta y tres días que te beso… pero hace más que lo deseo.

Hace ciento cincuenta y tres días que te extraño, pero más que te pienso.

Hace ciento cincuenta y tres días que anhelo, pero siempre que te amo.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Escrito nacido de un malestar institucional


Por Emanuel Donati

De vez en cuando la cinta patina en el lugar y uno puede mirarse.

De vez en cuando amigos… no hay que entusiasmarse.

Pero en el relámpago se ve bastante claro, sólo hay que ser veloz para apreciar el campo donde aramos.

Tarde o temprano, uno se da cuenta que la mascara nos toma y cada vez más es difícil de quitarla… cualquier similitud con un film, es pura coincidencia.

Detrás de bambalinas sabemos que la tragedia y la comedia forman parte del mismo peso.

Y que el mismo peso es el que uno le asigna a como nos valoran.

Hay juegos de colores que encubren la hipocresía del parque de diversiones…

Puede haber mil y una letras de apoyo, con dichos armoniosos…

Guirnaldas y afiches, globos y corazones, hermosas decoraciones y momentos de recreaciones…

Pero la evidencia es sonora… Sí se agachan a buscar la moneda, se les cae la corona….

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El reloj sin funcionar...



Por Emanuel Donati
Esos días que el cemento nos ata las piernas y nos impide disfrutar.
Momentos en que el hormigón cotiza nuestras vidas.
Segundos que se gastan en largas esperas de pocas peras.

En esos días en que el camino es el de ayer y el de mañana no se ve.
Momentos en que la agonía le gana terreno a la diversión.
Minutos que se hacen horas de aquellos días y meses.

En esos días que el insulto invade el te quiero y las ganas de jugar.
Aquellos momentos de furia y fuego, más vale huir de la cuidad.
Horas negras de largas esperas que buscan algo que no ha de llegar.

En esos días todos hemos de pasar, por un diablo con su infierno, por un chanta con su cuento, por la calle que es encierro y el dolor al que refiero.

En esos días sólo se siente el malestar, por la culpa de ayer que fue tan lejos que no puedo recordar.

En esos días el reloj, deja de funcionar…

domingo, 5 de septiembre de 2010

Un día de lo más normal



Por Emanuel Donati

Aquel día se despertó por el sonido de su celular. Con un ojo entreabierto y una pereza importante, pudo leer el mensaje de texto. Sonrió, como de regocijo, y se acurrucó en su cama para dormir un poco más.

Aquel día se sentía diferente. Temprano, al peinarse ante el espejo, se notaba bonita, sus ojos brillantes y sus mejillas rojizas. Quizás sea el entusiasmo, dijo para sí misma… pues no tenía quien la oiga.

Sabía que sí hacía las cosas bien, estratégicamente como las había pensado, podía llegar a verlo. Su mente planificaba el momento a gran velocidad.

Al salir de su departamento sintió que era el momento de dar el paso adelante.

Con el cuaderno abrazado y los lentes de sol, caminaba a paso avasallante. Se sentía fuerte, como esas mujeres que muestran los comerciales.

Pero alerta como una gata, no dejaba de repasar los momentos del plan que llevaría acabo. Ubicaba el lugar de encuentro, el manejo de los tiempos, la dirección de las miradas y hasta el tono del saludo.

Al encuentro con su primera compañera de trabajo le hizo sabre de su exaltación. Esta le devolvió un apoyo único, como aquellos que sólo las amigas saben dar. Se alabaron la ropa, el pelo y disfrutaban del momento.

El procedimiento estaba en perfecta ejecución. Todo estaba saliendo como lo había planeado, como ella lo imaginaba. Y a medida que se acercaba el momento un calor crecía por su cuello y erizaba su piel.

Ciento cincuenta y dos días de trabajo habían dado sus frutos y no podían esperar más.

Fue allí cuando ese día tan especial se trasformó en un segundo en un momento como cualquier otro. Se sintió atada. Algo pesaba por sobre sus hombros. Algo que la paralizaba justo en el momento de la ejecución. Ese algo no la dejaba consagrarse ante su victima.

Ese algo hizo que ese martes 12 de agosto, sea un día de lo más normal.

Un día que no haya más que una ilusión para contar.


martes, 24 de agosto de 2010

El escritor de los dramas literales



Por Emanuel Donati
Nada despertaba su interés por aquellos días. Pues la abulia ganaba el terreno de sus ojos, y ellos mostraban la flojera del momento. Las marcas en los diferentes sectores de su cuerpo se hacían sentir, como una señal de espanto.
Nada podía ser tan nefasto para él que perder el interés.

¿El interés porque cosa? preguntó ese otro ser en cuestión.
Ahí noto lo terrible de la desidia; no sabía sobre el interés, el gusto, el gozo qué había extraviado. No pudo responder y su mirada lo hizo saber.

La pequeña advirtió que sus ojos eran cristales. Se perpetuaban como un reflejo del horizonte. Los espectadores se paraban frente a él en busca de la reacción que no acaecía. La mirada estaba realmente perdida.

“Caso ilógico desafía al cientificismo” tituló el periódico del mes.
Las teorías no se hicieron esperar y explicaban la existencia de una ceguera nerviosa, quizás psíquica, pero nada podían decir sobre la perdida de interés.
Nadie daba respuestas sobre apatía total sobre las cosas.

La situación era pavorosa para él, a tal punto de comenzar a perder la poca capacidad de hablar que le quedaba. Confundía las pocas palabras que decía, intercambiaba las letras de lugar y prácticamente usaba fonemas.

Fue ese el punto en el que la pequeña lo descubrió todo. Ella conocía muy bien de la historia de este sujeto, su pasado, su forma de pensar, su historia de vida.
La pequeña lo había leído, literalmente.

Él resulto ser un escritor en su juventud. Un escritor que toda su vida estuvo relatada por medio de sus escritos. Escritos de amor, angustia, soledad, escritos de familia, de errores y elecciones… Escritos de vida.

La pequeña que comenzó a florecer en una joven pudo leerlo en su drama literal. Sus obras estaban siendo quemadas y sus sentidos se estaban incinerando junto a sus pensamientos hechos papel.

Esa joven resolvió la calamidad de un hombre que no podía tener nombre, y le devolvió la identidad, la vista y la palabra. Ahora podemos hablar de él como Antonio Rabina, el escritor de los dramas…literales.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Del Arte del Amor



Por Emanuel Donati

¿Es un turista aquel que cierra el mapa?

¿Aquel que no sabe donde va…qué es lo que ve, pero ama perderse en lo hermoso del paisaje?... Estoy hablando del amor.

Cerrar los ojos y dejarse guiar por los escalofríos de la música.

Dejarse llevar por lo inexistentemente puro.

¿Y es el dibujante un artista que no posee modelo?

¿Y es el arte, como el amor, por encargo? Claro que si me cargo del Otro…ya no se sí hablo de amor…

Lo cierto es que el guión se rompe en estos casos y la pluma se hace fuerte.

Lo incierto es lo que se hace certeza en cada trazo.

Así el arte como el amor comparten técnica pero respetan estilos…

Me gusta el surrealismo, pero nunca me sentí más que caricaturista.

jueves, 8 de julio de 2010

Fotos - Por Evelin Armoa











El doble

Por Bruno Ferrari

Sucedía de madrugada, cuando un rayo de luz se filtraba en la habitación y entonces todo era confusión.

No podía escapar al influjo de aquella silueta que se desplazaba por las paredes del dormitorio. Reconocía cada borde de su cuerpo en esa figura inquieta. No podía desentenderse de aquella nariz angulosa o esa leve curvatura en la espalda que definía su propio modo de moverse por el mundo.

Entonces las ideas se disparaban en su cabeza.

Al principio intentaba encontrar al verdadero objeto que, bloqueando parcialmente el haz de luz, imprimía sus márgenes en aquella figura siniestra. Pronto se convencía de que la búsqueda era inútil. Entonces se arrepentía de haber bebido aquel último vaso de vino. Pero inmediatamente reconocía que la ingesta de bebidas alcohólicas no producía en su mente este tipo de fenómenos.

La siguiente hipótesis lo atemorizaba más que cualquier otra cosa. Entonces su respiración se hacía entrecortada y sus pupilas se dilataban. Pensaba; -nadie puede desconocer la propia sombra a menos que haya perdido la cordura-. No podía tolerar la idea de estar loco, aún la muerte le resultaba menos cruel que la locura.

Sólo contaba con una alternativa; conciliar los movimientos del propio cuerpo con los de aquella figura. Comenzaba a imitar todos y cada uno de los gestos que lograba percibir. Podía pasar horas intentando seguir una serie de movimientos que parecían extraídos de algún tipo de danza ritual. Sin embargo el final era siempre el mismo. Nunca faltaba el ejercicio masturbatorio previo a la conciliación del más profundo de los sueños.

Al despertar, no lograba reconocer cuanto de aquello había sido vivido en estado de vigilia y cuanto era producto del contenido de sus sueños. Sólo deseaba que en la siguiente noche reinara la más absoluta oscuridad.


sábado, 19 de junio de 2010

La horizontalidad



Por Emanuel Donati

Hay momentos en la vida en que el ropaje ya no nos sostiene.

Momentos en que la fuerza de la gravedad gana protagonismo al ser perdida.

El talante aburguesado se patina ante las sabanas… y el golpe nos anoticia de las estrellas.

¿Estamos condenados a mirar al frente? ¿Tiranizados por nuestros ojos?

El pie, engreído de sostenerlo todo, no sabe del poder del mareo que para colmo le pone gusto al evento.

Es ahí cuando aparece la horizontalidad… estado que representa una política de vida hedonística, pero eso lo dicen los padres.

En mi caso, la horizontalidad enuncia una posibilidad. “¿De qué?” me apelan! Es la oportunidad de no ver.

Irónicamente la horizontalidad rompe el horizonte, siempre impuesto por aquel que ya pasó.

La horizontalidad se elije por cansancio, por despecho, o por amor, pero nunca es parte de una imposición.

Quienes conocemos de ella poco podemos anoticiarlos, pues nos lleva a una lucha constante para perpetuarla. Una lucha por cegarnos con las estrellas, por no dejarnos engañar ante esa escenografía que nos ponen al caminar.

Una lucha por mirar la vida sin planificar, una lucha por ganarle a la fálica verticalidad.

La horizontalidad… eco de perder la soledad.