viernes, 25 de mayo de 2012
viernes, 18 de mayo de 2012
La barca
viernes, 4 de mayo de 2012
Soy lo Peor
domingo, 22 de abril de 2012
La daga
martes, 17 de abril de 2012
Curvas Peligrosas
lunes, 2 de abril de 2012
En algún Atlántico atardecer
miércoles, 28 de marzo de 2012
Pronóstico Nublado
domingo, 18 de marzo de 2012
Presente y Pasado
Los años provocan el engaño, de creer que el pasado sólo ya pasó.
El tiempo nos exige hoy, para mañana.
La risa que rompe tus labios me desangra la mirada.
La incertidumbre me convierte en una sábana tiesa.
Sí sólo existiese ese espacio y tiempo que sea un eterno presente.
Sí sólo existiese, no tendría que recordarte.
Sí tu palabra me obliga…sí tu sonrisa me empuja.
Sí tus ojos me brillan los ojos.
Sí tú…del pasado y del presente.
lunes, 5 de marzo de 2012
Verso Terco
Insisto en estas letras que nunca leerás.
Insisto en este verso terco.
Insisto en pensar que eres Diosa, Santa, Virgen y protectora de mi soledad.
Insisto, aunque nunca logre calmar mi ansiedad.
Y sigo presente frente a las paredes y los cuadros de siempre.
Presente como la estatua que es siempre vigente.
Y estoy sentado, cansado y me falta un de repente.
Insisto y sigo aquí, aunque ausente.
Ni la lluvia, ni el viento me empujan el paso.
Ni el sol, ni la luna me tiran de la mano.
Ni un rock, ni un jazz, ni una melodía de Dire Straits
Ni tú ni nadie, ni la programación del cable.
Pero insisto en este verso terco.
Insisto testarudo y confiado.
Insisto por mis dedos, que se pierden lo pensado.
Insisto en este verso, pero más insisto por lerdo.
martes, 28 de febrero de 2012
Las perdices del dolor
Sé que la inocencia la dejé en el pecho de mi madre. De allí en adelante de cada gesto soy culpable. Esa mueca, ese guiño y hasta la más nimia exclamación me condenan en un punzante dolor.
La tormenta aparece en los cielos de mis cielos, pero no encuentro Dios al que rogarle, por un instante viles garras que me sirvan de paraguas y unos dientes que se claven si razón.
Esta peste que me invade la memoria, y esta mujer no me ama sin dolor. El estupor me invade el cuerpo mientras llueve, mas llueve en mi corazón.
Hoy el viento me marea y me pierdo en pensar porque soy lo que soy. En mis oídos insiste una canción y las gotas de esta lluvia tocan la baranda del balcón como un piano en acorde La menor.
Sé que aún queda mucho por perder y nunca seguiría intentando sí pienso en que algo lo voy a hacer perfectamente bien. Pero para comer perdices, hay que comerse las palabras también.
martes, 21 de febrero de 2012
Volver a arrancar
Por Emanuel Donati
La siesta de una dama que no olvida quien matar.
La pollera de esa señora que no encuentra la sal del viejo y su amar.
Los pechos de una niña que no sabe quien buscar; y cinco peones la esperan atacar.
La idiotez del más fuerte y la ironía inteligente se debaten un lugar.
La fuerza de los milagros que sólo ayudan a soportar, los vacios momentos de un pueblo que llora por no cambiar.
La joven que espera en la ventana, una canción para ser amada.
La mirada de esa abuela que vive en el pasado, sin recordar su lento paso.
Y todas las bicicletas, que giran vivaces de infantes que sueñan en ser algo que jamás lograrán.
sábado, 4 de febrero de 2012
Volvería - Por Alvaro Wilchel
Versos para los que callan demasiado
Forma de ablandarse del mudo, decir un poco más
Papel viejo debajo de la puerta
Poema de letra adolescente de espíritu valiente.
Dolor del vacio vaciado al mágico vacio por llenar
Te amaba sin pensarlo, te amo pensando. Melancolía de un pasado que atormenta.
Historia de amor que empuja en la espalda, ahora de frente
Tus palabras huelen a comida casera
Tu mirada se oye con pañuelos coloridos sobre el pelo
Tus dientes, blancos arenal
Tú alma, vos.
Tus senos, tu cola, mi pasión
Tutoría del estar
Volvería a cero, a cargarte, a decirte
Volvería a cero, a buscarte, a tomarnos.
Un volvería atado, maltratado, agotado, dolorido, borracho, errante, ido.
paradoja del volvería que se aleja de su esencia.
lunes, 23 de enero de 2012
viernes, 18 de noviembre de 2011
Infierno - Por Francisco Bermejo (España)
He entrado por las puertas del Averno
con mi corazón en la mano.
Sarcásticas palabras se cruzan
con la risa macabra del odio.
- ¿Cuál es tu pecado?
Me pregunta una cabra, roja y con cuernos,
- Amar demasiado, tal vez, a menudo con los ojos vendados.
Ya noto el calor en cada poro de la piel
y el humo, que toma formas
de putas deseosas de mi cuerpo.
Me provoca espasmos de placer.
Bebo la sangre,
que de inyectados ojos
emana a borbotones
mientras lenguas viperinas
rescatan gotas perdidas
en la comisura de mis labios.
La lujuria se apodera
de la poca cordura que me queda.
Orgías de cuero y fustas
manchan de vicio
las sábanas de pulcra virginidad.
- ¿Quieres quedarte Dámaso?
- Sí, el infierno puede ser la mejor morada para mi maltrecho corazón.
DE " LO BUENO DE SER UNA RATA" 2.011
lunes, 7 de noviembre de 2011
martes, 4 de octubre de 2011
Cactus
Erguido y punzante.
Eres el dolor de mil segunderos.
Que se encarnan-------------------------------------------------------------- muy hondo en mi.
Erguido y punzante.
Clavas tus dedos en mi piel.
Que goce del dolor.
Y cada vez que te veo, sigues allí.
Erguido y punzante.
sábado, 1 de octubre de 2011
Buscando a Scaglia
Aquel miércoles toqué timbre ya por quinta vez. Caminaba nervioso, daba vueltas en círculo y cada tanto miraba a través de la puerta de vidrio esperando que alguien se asome a darme una respuesta. Hice sonar su teléfono no menos de siete veces, pero nunca respondió mis llamados.
Veinticinco minutos de las diecinueve horas habían pasado. Veinticinco minutos de angustiosa espera crisparon mis nervios y decidí salir a la calle. Estaba turbado, caminaba sin rumbo, sin saber a dónde ir, ni que hacer. Sólo pensaba si me había esforzado lo suficiente para encontrarla. Saqué el teléfono de mi bolsillo y me cercioré de no haberme equivocado. Pero, ¿Por qué no me respondía? La falta de respuesta me dejaba acongojado y monomaníaco.
Las siguientes tres semanas transcurrieron prácticamente de igual modo. Agotaba recursos con tal de encontrarla. Llamé innumerable cantidad de veces a diversos teléfonos donde podía localizarla, hasta decidí rondar su casa, que por una contingencia había logrado conocer meses antes de su desaparición. Mi mente desesperaba sin nada concreto.
Al cabo de un mes sin saber de ella decidí volver a pasar por la puerta de su hogar. Un volquete lleno de muebles viejos y escombros se estacionaba en su puerta. Me acerqué y recogí material que sería indispensable para mi investigación. Sin embargo, nunca me animé a tocar timbre.
Esa misma noche comencé a analizar el material recolectado. Hojas de agenda previas al día de la desaparición, algunas fotos familiares y discos de Pappo Blues. Una sensación inquietante me invadió cuando vi que yo aparecía agendado el día y horario en que ella no había concurrido a la cita. Pues ¿Por qué no me respondía los llamados?
Sólo pensaba que la doctora Scaglia estaba en peligro o en el peor de los casos que había sufrido algún tipo de asesinato. Mi afán por saber me movilizó a tomar el caso como un verdadero trabajo de detective. Las pistas recolectadas me llevaron al viejo Willie Dixon, un bar de la cuidad que se destacaba años atrás por ser el templo del rock. Uno de los dueños de este lugar fue Norberto Aníbal Napolitano, alías Pappo, uno de los fundadores del género musical Rock Argentino, a fines de los años 60. Pero ¿qué relación tenía una psicoanalista con un bar que movía un ambiente de motos y camperas de cuero? Esto valía por lo menos, la sospecha.
Me dirigí al bar, ahora clausurado por no cumplir con normas básicas de seguridad. Ingresé al mismo por una ventana ubicada en la calle trasera, fui a dar con un baño, cautelosamente salí del mismo para dilucidar el mapa del lugar. La oscuridad reinaba, pero logré entrar a una oficina y prendí la luz. Una foto del mencionado rockero y otro hombre estaba en el escritorio. Deduje que el hombre era socio del Carpo, pues su nombre aparecía en facturas y datos de habilitación del local.
Esta persona, que se apodaba Indio, era también propietario de un cabaret de la zona de pichincha. Allí dirigí mis pasos, y con el pretexto de mi afán de saber de ella, disfruté de los encantos que brindaba tal comercio. Quedé cautivado por una bailarina, la cual nunca supe su verdadero nombre, pero era presentada como “La mujer vampira”.
Tomé sus servicios. Fue escalofriante, pero erótico. Deseaba firmemente saber su nombre; le pregunté pero se negó a confesar. Yo estaba obnubilado por su sensualidad. Volví a preguntarle su nombre, hartas veces, hasta el hastío. Ella había logrado que olvide mi meta, buscar a Scaglia. Pero algo tenían en común estas dos mujeres que acaparaban mi interés. Ninguna respondía a mis demandas y ambas me reclamaban dinero por sus servicios.
Al cabo de tres meses no había podido dejar de ir a visitar a La mujer vampiro al menos una vez a la semana, y era siempre los miércoles a las diecinueve horas.
martes, 13 de septiembre de 2011
Tic Tac ilógico.
Por Emanuel Donati
Mi fascinación por el tiempo no era algo novedoso. De niño me regocijaba al viajar a la casa de mi abuelo Edgardo, quien lucía un antiguo y tortuoso reloj de pared de los años veinte. Era de madera, tallada por su propia mano y el mecanismo armado en su propio taller, jamás reveló cómo hizo para armar semejante instrumento. Pues mi abuelo era un artista plástico italiano que había viajado a nuestro país, lógicamente a buscar su América.
Sí era tortuoso! cada media hora daba un campanazo y al cumplir la hora señalada, hacía lo pertinente la cantidad de veces necesaria. Tal es así que aquel bordó sofá cama se anoticiaba de mis tendidos sobresaltos por las madrugadas.
Puedo ahora ahondar más aún en un recuerdo de cuando tenía doce años. Fue justamente allí, en casa de mi abuelo, en el campo. Como era costumbre me tocó dormir en el nostálgico sofá que estaba en el living cocina comedor que decoraba mi abuela. Ambiente amplio, lleno de ventanas, puertas, muebles y objetos que lo teñían demasiado rococó a mi gusto.
Por aquellos tiempos mi abuelo no gozaba de buena salud. El reciente alejamiento de una de sus hijas lo había sumergido en una intensa tristeza y siempre fue él una persona que se aferró muy fácilmente a padecer. Sí mal no recuerdo fue ese el motivo por el cual mi padre decidió visitarlo unas dos o tres semanas.
Recuerdo que ya entrado el cuarto día de nuestra visita, mi abuelo padecía agudos dolores de cabeza. “Cómo sí algo estuviera golpeándome por dentro”. Esa era su explicación y cada vez que se calmaba y se esforzaba por hablar, el golpe regresaba. Migraña decía el único médico del pueblo y recetaba amitriptilina, cada vez en dosis más altas.
A mis doce años me costaba entender que era lo que mi abuelo padecía, pero sentía que algo funesto se aproximaba. Tal es así que mi angustia crecía todas las noches cuando intentaba descansar en el sofá cama. Algo me oprimía el pecho y me ataba el estómago. Sensaciones nuevas para mí.
Siendo las tres de la madrugada, me hallaba desvelado y sí hay algo que sabía muy bien era la hora, pues no quedaba otra opción que contar los intensos campanazos del antiguo reloj. Pero esa noche mis ojos se petrificaron en un brillo particular que provenía del antiguo péndulo. Resplandecía más de lo normar, y mis ojos corrompidos no creían lo que veían.
Un ente blanco brilloso tomó forma rápidamente. Era un hombre, de gran contextura física, pero trasmitía una sensación de poder inexplicable que me hacía sentir vulgar, mundano, ínfimo, casi un parásito en la tierra. Era muy barbudo, pero no parecía afectado por los años. En su mano izquierda portaba una hoz. La hacía girar serenamente, como esperando el momento preciso. La hora justa.
Sentí que no tenía otra opción, busqué contactarme con él y le dije:
-“¿A qué viene señor? ¿Para qué una hoz?”
-“Soy Crono. Necesito hablar con Edgardo”
Su mirada se clavaba en mí de una manera intimidante y no encontré otra opción que llevarlo a la habitación en la que mi abuelo reposaba. Dormía profundamente, pero me empeñé en despertarlo y hablándole con un susurro suave le explique las intenciones del espectro.
Luego de unos breves segundos el barbudo y brilloso fantasma se apareció en la habitación y se sentó en una silla en la punta de la cama, frente a mi abuelo Edgardo. Yo, quedé al costado oyendo como ambos se disputaban un saber, el del tiempo.
- Quisiste desafiarme, violar la naturaleza de tu condición humana- dijo Crono
- ¿Sabe usted del tiempo que el hombre ha creado? El tiempo humano duele, crea espacios que nos encierran, el tiempo es hijo de nuestro verbo y como tal nunca podré vencerlo- Comenzó Edgardo a modo de defensa.
- Que inteligente eres al querer persuadirme, pero fuiste osado al construir un reloj que nunca deje de funcionar. Yo no admito competencias, la eternidad no es para alguien tan mundano y terrenal. Eres un hombre y tu tiempo tiene la estreches de tu lenguaje.
- No aproveche mi débil estado de salud para enviarme al mundo de los muertos, se lo ruego!
- Jamás haría eso, usted vivirá y perecerá a su ritmo biológico, pero cargará sobre sí el dolor de jamás poder contar que fue el único hombre que desafió al Dios del tiempo- Fue esa la sentencia de Crono.
No recuerdo nada más. El dialogo allí se cortó súbitamente y yo me encontré dormido en la silla pegada a la cama de mi abuelo. Cuando desperté, la escena me dejó catatónico, en shock. Mi abuelo casi desangrado y sin cuerdas vocales. Yo con mi mirada atónita sólo pude ver que entre mis sucias manos sostenía una hoz. Y Edgardo murió de silencio.
domingo, 4 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
Murmullos de un rio
Por Emanuel Donati
Aquella cuidad estaba en silencio. Sólo se oían los rumores de un rio siniestro.
Roma era una ciudad tranquila, donde se amaba la vida, se respetaba a los ancianos y se cuidaba a los niños. Pero hoy, por primera vez, había una brisa tenebrosa; algo iba a pasar.
La gente colgaba miradas de desconcierto, intriga e incertidumbre. Los cientos de perros y gatos callejeros se refugiaban alarmantes de una tempestad. Algo podían oler.
El cielo se tornó un gris peligro y las nubes se agrupaban con la peor de sus caras. Se percibía un clima de rareza y angustia. Como la espera de algo inevitable, que ciertamente provocaría mucho mal.
Sólo podía oírse un piano desafinado, algo lejano, que sostenía una triste melodía de Enrico Caruso. La gente estaba abandonada al desasosiego, se dejaba tomar por el denso estupor.
Nada entregaba demasiado aliento a la población porque nadie podía informar con certeza acerca de la situación. La desidia gobernaba la cuidad.
Un pobre viejo, ciego y solitario, notaba el ambiente; pero él, y sólo él, sostenía esa sonrisa despreocupada que acompañaba los grandes y oscuros lentes en su rostro.
El hombre estaba sentado frete a una antigua casa, de ladrillos de barro y puerta de chapa oxidada. Sostenía el bastón y mostraba suma tranquilidad. A decir verdad en un día como este, el hombre desentonaba y mucho.
Tal era así que un vecino reparó en el viejo no vidente. Se acercó muy lentamente, como temiendo que algo cayera en su cabeza. Con la voz entrecortada por la situación pudo preguntarle.
-“¿Porqué está tan sonriente? ¡Vaya a su casa. Algo horrible esta por suceder y nadie sabe qué!”
-Me quedaré a sentir el cataclismo. Odio esta jodida ciudad. Dijo el viejo con una risa macabra.
El vecino se acercó en un audaz intento de convencer al anciano. –“Oiga, cuídese y vaya dentro de su hogar es usted un hombre indefenso”
El viejo se sacó sus grandes lentes y giró la cabeza en dirección al joven e intrépido vecino. El horror fue inmenso, descomunal. El hombre no tenía ojos, sólo un par de oscuras cavidades. La valentía del vecino se vio paralizada ante semejante semblante siniestro. El muchacho sólo pudo titubear unos torpes “¿Porqué?”
-Se cayeron, una noche en el Tíber. Se cayeron porque no toleraban el vil escenario que esta inmunda cuidad creó. Prefiero recordar los verdes en estas calles, los niños sonriendo y el sol saliendo sobre el Lazio. Prefiero dejar que mis ojos hagan murmullos en el rio y cuenten de lo hermoso que fue este pasado.





















