miércoles, 19 de enero de 2011

La metafora

Por Emanuel Donati
Eres el más allá de los dichos en el sonido.

Eres la lengua en su máxima expresión.

Eres mi nombre en el otro y la figura en el hablar.

Eres sin tiempos ni espacios pero llenas de color.

Tú, muy utilizada, toda a tus anchas, te desplegas en mis textos como parte de mi alma.

Eres la distinción de la raza y la grandeza que nos ata.

Eres el don de la sutiliza que se siente en el amor.

Eres la metáfora, parte de mi inspiración.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Hijos de nadie



Por Emanuel Donati

Hijos de cristales rotos y flores marchitas.

El llanto que nadie pide y nadie contesta.

El juego que nadie juega

Hijos de animales que devoran a sus crías más vulnerables.

Las miradas perdidas que nadie perdió.

Las heces que nadie proclamó.

Hijos de almas desabitadas del fonema universal.

Los cantos de que ningún padre sonrió.

Los labios que ni una sola madre, encarnó.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Somos Planetas


Por Emanuel Donati

Somos planetas, cada uno con sus órbitas.

Planetas que se acercan en sus elipses.

Somos estallos y meteoros de milenarias historias

Somos de un Dios planeta que reparte anillos como muestra de su grandeza.

Hijos de la luz y el tiempo que nunca conoceremos.

Somos planetas, cada uno con sus órbitas.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Cortas historias de barrio

Por Emanuel Donati

Introducción

Probablemente nunca escriba un best seller. De hecho, quizás nunca nadie lea un libro sobre historias que no dejan mucho que recordar.

Dudo que un director de cine pretenda hacer una pelicular de este libro. Pues, nada más lejos de Hollywood que un escrito lleno de historias abiertas y sin finales felices. Nada de magníficas explosiones, de besos ardientes, ni momentos épicos. Este libro habla sobre la pequeñez; que sólo los miopes podrán entender.

Primer Corto: Los amores de Marta


Marta vive a media cuadra de mi casa. Es viuda, rutinaria y tiene sólo un amor. El programa de Gerardo. Nunca deja de verlo, por lo tanto, no sale por las noches. Cuando yo era pequeño, jugábamos frente a su casa casi todas las noches, y fabulábamos que era parte de una secta. Algo así como los iluminatis o el opus dei, pero más pobretona la vieja.

Yo la veía poco, algún que otro medio día la cruzaba comprando pan. Siempre una varilla y bien blanca. Acusa problemas dentales.

De a poco mi vida se fue llenando de ocupaciones. O las ocupaciones fueron llenando mi vida, la verdad que no se que primero. Tal es así que pasaron años sin tener absolutamente ninguna novedad de Marta.

El mes pasado me acordé de ella, pues vi en el programa de Viviana que sacaban del aire a Gerardo por falta de presupuesto. Seguramente el viejo regaló más de lo que la producción bancaba.

Le pregunte a mi madre por Marta. Me dijo que lo último que sabia de ella era que había recibido el cuerpo de su difunto esposo. Él había fallecido cubriendo para un periódico la guerrilla en Colombia y por problemas legales, el cuerpo no llegaba.

He aquí la frutilla del postre. Marta mandó a cremar los restos del interfecto, pues no tuvo mejor idea que esparcirlos en la vereda de su casa, junto a un viejo sauce llorón. Mi pregunta es… ¿Por qué lo riega todas las mañanas?

Mi madre y otros vecinos no dejan de crear divertidas hipótesis.

Pero la verdad que Marta está más triste que nunca. Perdió sus dos amores, ambos por querer cortar la manzana a la mitad.

Segundo Corto: Flor de golpe


Frente a la casa de Marta vive otra solterona, Irma. Ella tiene sesenta y tres años y nunca tuvo marido, lo cual la ha convertido en otra señora de barrio de la cual mucho se ha dicho. Que es una devota de la iglesia, que le gusta la farra, que es una frígida, que está un poco loca, que es lesbiana, sí vieja y lesbiana.

Desde mi terraza puede verse gran parte de su jardín. He notado muy a manudo la dedicación que esta mujer le pone a sus amadas plantas. Tiene un gran verde combinado con los más surtidos colores. Las flores abundan y le dan vida a una esquina bastante fulera; rojas, amarillas, fucsias y celestes.

Les describí un poco el panorama… esquina fulera, de barrio. Les agrego que muy cerca, a unos veinte metros hay un kiosco. Todo esto implica que la pobre Irma tenga que lidiar noche tras noche con grupos de jóvenes que se reúnen junto a su tapial a experimentar los hermosos efectos diversas drogas.

Pasemos ahora al otro personaje de esta historia; Anselmo. Un muchachito de veinte cuatro años, algo vago diría mi abuela, que se dedica a tocar punk rock.

Anselmo comenzó a experimentar con sustancias ilegales cuando formó su banda, la cual no hace más que quilombo a las dos de la tarde en un garage.

Dado que su música es el punk, su estilo de vida también lo es.

Un día color sepia, un día de otoño, Anselmo se encontraba sólo sentado en la esquina de Irma y yo desde mi terraza era un privilegiado espectador de la escena.

El diverso jardín de Irma envió una señal a nuestro joven artista dejando caer una flor sobre la cabeza del susodicho. Era floripondio y Anselmo brillo de alegría. Rápidamente abrió su mochila de Flema Punk Rock y sacó un termo con agua caliente (yo veía el vapor salir de él). Se paró y muy vorazmente comenzó a arrancar gran cantidad de flores del amado jardín de Irma.

Al cabo de unos cinco minutos, el mago Anselmo tenía su té de floripondio listo en el termo de aluminio.

Yo estaba expectante, sobre todo porque la obra se ponía interesante y no había pagado un peso. La cuestión es que Anselmo bebió como el último día de su vida. Bebió y bebió de su té de floripondio hasta que levantó la cabeza y miró las nubes. Sus pupilas eran gigantes… estaban sumamente dilatadas y comenzó con el baile, parecía una señorita del siglo diecisiete sólo que portaba tachas y prendedor de Joe Ramone. La danza se intensificó y Anselmo comenzó a bailar sobre el tapial de Irma.

Era de esperar… se pegó flor de golpe.

Al parecer esta droga provoca distorsión en la imagen y prolongadas erecciones, tal es así que el joven se enamoró de la preciosa Irma al verla regar un malvón. Que más contarles… Irma aprovechó la situación.

Tercer corto: El arbusto de Doña Chocha


Doña Chocha. La verdad no tengo la más pálida idea de porque le decían así, tampoco se su nombre, la pobre siempre fue doña Chocha.

O el barrio es sumamente irónico o altamente guaso, porque la señora fue siempre una vieja amargada. En verdad, casi, siempre… hubo un momento en que encontré a doña Chocha en su pico libidinal, y ahí me adentro en la historia.

Carmencita, la dueña de la panadería de mitad de cuadra siempre operó como caldo de cultivo de chimentos. Un negocio es el punto ideal para enterarse las novedades del vecino. Sí cambió el auto, sí tiene el traste sucio, sí la mujer es una quisquillosa, sí el nene se llevó matemáticas a marzo y hasta sí al Firulai lo castraron porque estaba muy cariñoso con la Barbie, que es una cachorra de Yorkshire!

En fin, así llegó a mis oídos el rumor de que nuestra protagonista principal estaba algo entusiasmada con Armando, el que corta los yuyos. Es decir, el jardinero de barrio Belgrano.

El hombre tenía por aquel entonces unos cincuenta años, canoso, de piel muy curtida por el sol y el asfalto, ojos siempre brillantes… pero por el vinito.

Carmencita le dio el teléfono de Don Armando a la vieja Chocha con la finalidad de facilitarle sus tareas domésticas. Es que la pobre Chocha estaba más para tejer oyendo a Tesandori que para cortar el césped y podar los arbustos de la casa.

Nuestra vecina en cuestión, es viuda hace muchísimos años, tantos que ya no visita el nicho de su difunto esposo y no tiene fotitos por la casa. Casi podríamos decir que se olvidó de él. Tanto se olvidó de él que cuando el jardinero del barrio comenzó a cortarle el arbusto a doña Chocha, la señora comenzó a vivir su segunda adolescencia.

Chocha le cebaba mates en camisón, se vestía floreada, le tenía la escalera, se pintaba y se arreglaba el pelo, le hacía budín de pan y hasta cortaba el césped mientras Armando tomaba un poco de agua.

Armando, que yo le veía cara de tortuga y era más lento que el caracol, no se avispaba. Pero un día le preguntó. Señora ¿Por qué me llama todas las semanas, sí el pasto está prácticamente impecable?

La señora cerró la puerta que da al jardín con llaves y sacó dos vasos de vidrio y una botella de vino. A los setenta y ocho años murió chocha… Ahora se porque ese apodo. Que barrio morboso!

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La mosca



Por Emanuel Donati

La carne entre los huesos.

La sabana mojada y el camisón echo un bollo.

La sopa olía fuerte, ya agria, vieja.

El dolor era punzante y la imagen espeluznante.

La leche derramada sobre el papel. Ese primer libro de Dios, manchado y roto.

La luz era escasa. Sin embargo las totales miradas se sentían desde las cuatro paredes.

Los pelos lacios, sobre el rostro, más pálido que de costumbre.

Cadavérico, agotado… inerme.

Las catacumbas resonaban en su débil voz. Que por momentos se tornaba afanosa y amenazante.

Los ojos brillaban en las penumbras de su cuerpo.

Los ojos nunca fueron suyos.

Ese brillo estaba en esa otra parte del mundo, en su estirpe.

Esos ojos eran enormes y molestos, como la mosca.

Ese zumbar loco insistía… En lo más profano de ella, era un animal.


lunes, 1 de noviembre de 2010

El loco y su porqueria


Por Emanuel Donati

Por un instante pensó que yo pensaba.

Se equivocó; nada menos parecido al pensamiento que la voz de la culpa.

Me mortificaba rogarle por mi progreso.

Me daba asco que me miren con las cejas decaídas y punzantes, tan chorreados de lastima.

Cada uno tiene un caudal de porquería que se le fluye entre la lengua. Incluso a veces es peor querer tragarla… siempre se escapa por algún lado.

El problema fue que la bronca hace metástasis y explota en dichos y en los hechos, sino nadie me juzgaría. Pero existen toda una serie de perfeccionistas dedicados a saber de todos nosotros. Son personas de galera y bastón, plata en el bolsillo y mierda en el pantalón. Incluso, algo secos de corazón.

El analista me hacía divagar. Era agotador hablar sin ojos. Me decía que no hay amor sin neurosis, ni neurosis sin amor. Pero yo rozaba la locura y esta me pegaba en las mejillas, pomposas como las de mi madre.

Hablar siempre me hizo bien, pero no con cualquiera. Sólo con aquellos que no me dicen lo que quiero escuchar.

Contando que siempre estoy del bando de los pocos y eso me hace mal, no creo que sea la cura cambiarme de bandera. Es la política de unos cuantos.

El remedio lo hallé casi por casualidad. Es más, creo que él me halló a mí.

Transformar el delirio en letra fue la poción mágica.

Transformar lo que no pienso en prosa.

Transformar la locura en una bella esposa.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El Hocico en Berlin

Por Emanuel Donati

Bajar de un tren y entumecer la vista por la inmensidad.

Caminar a la deriva, sin mapa, ni lugar donde parar.

Preguntar con temores, sin saber del juicio final.

Chocarse en la puerta de Brandesburgo con la historia de un cuidad.

Encontrarse en la terraza de un senado.

O perderse entre los muros de una ex cuidad.

Admirarse de los ojos que se miran, en el pasado de mil muertes.

Y relajarse con el blus de Inga y Alex.

Disfrutar de una tormenta cerca de la escalera, con charlas muy amenas.

Pensar a posteriori, de lo importante que es haber conocido a grandes personas. Con las que se comparten los rincones de esas calles y los verdes de sus parques.

Gustar de beber y comer, de aprender de ser del otro mundo, que tan lejos vive pero que de cerca nos sigue.

La cuidad se conoce en el rincón, donde sólo el hocico nos aproxima a la verdadera sensación.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Sin retorno - Trailer oficial

Trailer - O Casamento de Romeu e Julieta

De a rastros...

Por Emanuel Donati


En la noche eterna

En la aventura más extrema

En la piedra que me hiere

Y en la bronca que me detiene.

En los segundos que no pienso

En los momentos que me tenso

En la caricia que me nubla

Y en el beso que más siento.


Es allí donde me encuentro… de a rastros.


En ese parpadeo que me delata

En el temblar que me declara

En los gritos que me explotan

Y en los silencios que me absortan.

En tu mente por momentos

En los espejos que me veo

En las lágrimas que me brotan

Y en el deseo que se asoma


Es allí donde me encuentro… de a rastros

lunes, 27 de septiembre de 2010

153

Hace cientos días una noche poco especial me golpeó la vida.

El viento sopló del oeste y su cintura aprovechó para escabullirse.

El vino hizo ecos en la tormenta… las ramas quebraron en abrazos.


El camino sólo se fue gestando, con golpes y licores, caricias y dolores.

La historia es sólo nuestra porque la pintamos, de tardes con colores y noches de temores…Novelas de colchones y abrazos enternecedores. Momentos ensordecedores


Hace ciento cincuenta y tres días que te beso… pero hace más que lo deseo.

Hace ciento cincuenta y tres días que te extraño, pero más que te pienso.

Hace ciento cincuenta y tres días que anhelo, pero siempre que te amo.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Escrito nacido de un malestar institucional


Por Emanuel Donati

De vez en cuando la cinta patina en el lugar y uno puede mirarse.

De vez en cuando amigos… no hay que entusiasmarse.

Pero en el relámpago se ve bastante claro, sólo hay que ser veloz para apreciar el campo donde aramos.

Tarde o temprano, uno se da cuenta que la mascara nos toma y cada vez más es difícil de quitarla… cualquier similitud con un film, es pura coincidencia.

Detrás de bambalinas sabemos que la tragedia y la comedia forman parte del mismo peso.

Y que el mismo peso es el que uno le asigna a como nos valoran.

Hay juegos de colores que encubren la hipocresía del parque de diversiones…

Puede haber mil y una letras de apoyo, con dichos armoniosos…

Guirnaldas y afiches, globos y corazones, hermosas decoraciones y momentos de recreaciones…

Pero la evidencia es sonora… Sí se agachan a buscar la moneda, se les cae la corona….

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El reloj sin funcionar...



Por Emanuel Donati
Esos días que el cemento nos ata las piernas y nos impide disfrutar.
Momentos en que el hormigón cotiza nuestras vidas.
Segundos que se gastan en largas esperas de pocas peras.

En esos días en que el camino es el de ayer y el de mañana no se ve.
Momentos en que la agonía le gana terreno a la diversión.
Minutos que se hacen horas de aquellos días y meses.

En esos días que el insulto invade el te quiero y las ganas de jugar.
Aquellos momentos de furia y fuego, más vale huir de la cuidad.
Horas negras de largas esperas que buscan algo que no ha de llegar.

En esos días todos hemos de pasar, por un diablo con su infierno, por un chanta con su cuento, por la calle que es encierro y el dolor al que refiero.

En esos días sólo se siente el malestar, por la culpa de ayer que fue tan lejos que no puedo recordar.

En esos días el reloj, deja de funcionar…

domingo, 5 de septiembre de 2010

Un día de lo más normal



Por Emanuel Donati

Aquel día se despertó por el sonido de su celular. Con un ojo entreabierto y una pereza importante, pudo leer el mensaje de texto. Sonrió, como de regocijo, y se acurrucó en su cama para dormir un poco más.

Aquel día se sentía diferente. Temprano, al peinarse ante el espejo, se notaba bonita, sus ojos brillantes y sus mejillas rojizas. Quizás sea el entusiasmo, dijo para sí misma… pues no tenía quien la oiga.

Sabía que sí hacía las cosas bien, estratégicamente como las había pensado, podía llegar a verlo. Su mente planificaba el momento a gran velocidad.

Al salir de su departamento sintió que era el momento de dar el paso adelante.

Con el cuaderno abrazado y los lentes de sol, caminaba a paso avasallante. Se sentía fuerte, como esas mujeres que muestran los comerciales.

Pero alerta como una gata, no dejaba de repasar los momentos del plan que llevaría acabo. Ubicaba el lugar de encuentro, el manejo de los tiempos, la dirección de las miradas y hasta el tono del saludo.

Al encuentro con su primera compañera de trabajo le hizo sabre de su exaltación. Esta le devolvió un apoyo único, como aquellos que sólo las amigas saben dar. Se alabaron la ropa, el pelo y disfrutaban del momento.

El procedimiento estaba en perfecta ejecución. Todo estaba saliendo como lo había planeado, como ella lo imaginaba. Y a medida que se acercaba el momento un calor crecía por su cuello y erizaba su piel.

Ciento cincuenta y dos días de trabajo habían dado sus frutos y no podían esperar más.

Fue allí cuando ese día tan especial se trasformó en un segundo en un momento como cualquier otro. Se sintió atada. Algo pesaba por sobre sus hombros. Algo que la paralizaba justo en el momento de la ejecución. Ese algo no la dejaba consagrarse ante su victima.

Ese algo hizo que ese martes 12 de agosto, sea un día de lo más normal.

Un día que no haya más que una ilusión para contar.